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Perico Ripiao:
Antología Mayor de la Literatura Dominicana (XIX-XX)
Durante muchos años, su nombre figuraba en un lugar de primer
orden entre los arquitectos urbanistas y diseñadores de nuestro
país, pero a partir de 1986 comenzó a escribir ficción hasta
conquistar una posición importante en nuestro medio literario.
Nacido en Santo Domingo, el 1ro. de agosto de 1930, ha dedicado
gran parte de su vida a la cátedra y al urbanismo. Narrador y
ensayista, pertenece al Movimiento Interiorista del Ateneo
Insular, grupo que le ha estimulado en su carrera de escritor.
En 1993 publicó su extensa tetralogía sobre las
luchas del pueblo dominicano por conquistar su libertad, desde
Trujillo hasta nuestros días. Esa obra le valió el Premio Anual de
Novela, siendo, hasta el presente, la más extensa formulación
narrativa sobre la Era de Trujillo y los años posteriores a su
caída que se ha publicado en el país. Más que la historia
contemporánea del pueblo dominicano y las vicisitudes para ganar
un espacio digno en el conjunto de naciones hispanoamericanas, le
interesa el drama humano de una generación frustrada que no ha
dejado de batallar contra el envilecimiento y la opresión.
Obras publicadas:
Tiempo para héroes
(1. El atrevimiento, 2. Pormenores del exilio, 3.
La convergencia, 4. Monte adentro) (1993), Premio Anual
de Novela, Toda la vida (1995), Premio Anual de Novela,
Serenata (1998).
EL ATREVIMIENTO
PRIMERA NOVELA DE LA TETRALOGÍA
TIEMPO PARA HÉROES
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El Generalísimo Trujillo llegó a las seis en
punto. Su séquito militar, muy reducido, quedó afuera en el jardín
delantero. Publio y Servando lo escoltaron hasta donde estaban las
damas. Hubo un saludo general formal, y se sentaron. El
Generalísimo habló de las impresiones que había recogido en el
viaje a Mao esta tarde. Era un gran conversador, y a todos y a
cada uno les tenía una complacencia, una anécdota. Había una
fascinación indiscutible en aquel hombre maduro, encanecido,
elegante, adusto, soberbio, dueño de la vida y propiedades de
todos los dominicanos, Jefe Militar Supremo, que, de repente, se
presentaba allí sociable y parlanchín, amable y risueño.
Su atención poco a poco se fue concentrado en
Marisela.
Ya habían cenado, y Publio invitó a pasar a la
sala, a tomar el plus café. Habían bebido vino blanco y tinto, en
cantidad. El brandy español apareció en la mesa. Las señoras
empezaban a sentir un mareíto, que trataban de dominar. Tan pronto
se levantaron de la mesa, el perico ripiao comenzó a tocar el
merengue favorito de Trujillo.
—¡Música para bailar! —exclamó Servando.
Trujillo rió.
—¡Veamos si las damas desean hacerlo! —exclamó, y se dirigió a
Marisela.
Era el momento combinado por las mujeres para
que Marisela le pidiera a Trujillo la audiencia con Tutín Tejera.
Se enrareció el ambiente para los que sabían. Trujillo le extendió
una mano a Marisela y la miró con una sonrisa abierta, esperando
que la muchacha lo siguiera a la sala y al baile.
—¡Ah, sí, Excelencia! ¡Pero a cambio de un
premio! —dijo ella. (Sus ojos hermosos brillaron, húmedos y
acariciadores. Tomó la mano de Trujillo, y lo repitió)—: ¡Bailamos
por un premio, Excelencia!
Trujillo rió de nuevo, y respondió galante:
—¡Premio por premio!
Marisela lo miró sorprendida.
—¿Qué premio puedo yo darle a usted, Excelencia? —preguntó con
esa ingenuidad innata en ella que había cautivado a todos.
—¡Que no me llames Excelencia! —respondió el hombre, con
coquetería.
—¡Aceptado! —respondió Marisela.
Todos respiraron. Pero ahora venía el turno de Marisela.
—¿Cuál es el premio tuyo?
Trujillo seguía el juego.
—Que recibamos aquí unos amigos nuestros, que tienen muchos
deseos de saludarte.
Trujillo no se inmutó. Estaba acostumbrado a que sus mujeres
le pidieran cosas extraordinarias. La mayoría de esos caprichos
los podía conceder sin ningún problema.
—¡Aceptado! ¿De quiénes se trata?
—Del señor Eladio Tejera y su señora.
—¡Concedido!
Trujillo no titubeó. ¡Tejera! El hombre de las
presas. ¡Mira por donde había salido! Era hábil, y tenía agallas.
¿Qué podía venir a decirle? La decisión estaba tomada. Había que
dar el ejemplo, e impedir que todos esos grupos de interés, ajenos
a los suyos, se les desmandaran. Era un golpe ideal, destruir a un
representante de la oligarquía santiaguera. No levantarían cabeza
por mucho tiempo. Y los norteamericanos aprenderían a ser más
cautos... ¡Pero qué cojones tenía el hombre! Utilizar la bella
muchacha para que lo oyeran era realmente genial. ¿Y cómo lo hizo?
La casa de un militar era un coto cerrado, donde los civiles no
entraban. Escrutó las caras de sus coroneles, que lo miraban a su
vez esperando su reacción.
—¡A bailar, muchachos, que yo me
lo gané! —ordenó como si fuera un colegial.
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Tutín y República veían pasar el tiempo con
desazón. Entonces el teléfono sonó, y dieron un brinco. República
contestó. Tontón habló con apremio.
—¡Vengan en seguida! ¡El jefe los recibirá! (En
la casa de los Santamaría, el ayudante personal de Trujillo los
escoltó hasta el umbral de la sala, y los dejó allí. Entraron a un
ambiente festivo donde todos bailaban con la música del perico
ripiao. Esperaron un momento, hasta que Tontón los notó y fue con
Publio donde ellos a recibirlos). ¡Llegaron a buen tiempo para
bailar! —le dijo Tontón a República, mientras se abrazaban y
besaban, dando a entender que eso era lo que había que hacer por
el momento. Las dos parejas se dirigieron al área de baile.
Servando y Norma, en el medio de una vuelta, saludaron a Tutín y a
República con la cabeza. Pero Trujillo se detuvo cuando los vio.
—¡Señor Tejera! (Habló con afabilidad, un poco
corto de respiración por el ejercicio del baile). ¡Tengo entendido
que usted quiere hablar conmigo! ¡Lo haremos! ¡Lo haremos
enseguida! (Saludó con mucha cortesía a República). ¡Tan pronto
esta hermosa muchacha me dé un chancecito! (Señaló a Marisela, que
sonrió y saludó a los recién llegados).
—¿Cómo está, señor Tejera, doña República?
¿Cómo está Guarionex?
Trujillo miró a Marisela, sorprendido de que
ella preguntara por alguien, estando con él. Pero eran saludos de
rutina. Marisela se volvió hacia su pareja, esperando que la
arrastrara de nuevo al baile. Y así fue. El “chancecito” llegó al
poco rato.
—¡Dígame, señor Tejera! —exigió Trujillo, tan
pronto se acomodaron en sus asientos y pudo respirar más o menos
bajo control‑. Oí su discurso ayer. Conozco su posición.
Trujillo deseaba que Tutín acortara el asunto,
para volver al ambiente anterior, que disfrutaba enormemente.
Tutín explicó la posición de los empresarios de
Santiago, y las razones por las que convenía descartar el proyecto
de la planta atómica y dar prioridad a un proyecto local, que no
sólo beneficiara la población con energía eléctrica, sino también
con agua para la agricultura. Trujillo lo oía, pero miraba a
Marisela. Ella parecía fascinada. Las palabras de don Tutín la
habían impresionado, como Guarionex la previno... Trujillo se
decidió. Era obvio. La muchacha se sentiría enormemente halagada
si él aprobaba la petición que este hombre hacía. Compartir su
poder en los momentos convenientes era el arma más efectiva para
conquistar una mujer. Él lo sabía bien.
Tutín continuó explicándole a Trujillo la
actitud de los norteamericanos, y le dio la seguridad de que éstos
financiarían un proyecto de presas y canales.
—¡Muy bien! —dijo Trujillo, finalmente,
clavando sus ojos en Marisela, para que no tuviera ninguna duda de
que lo hacía por ella—. ¡Acepto! Su plan me parece muy bueno.
Descartaremos el proyecto de una planta atómica, e iniciaremos el
proyecto de las presas. Para ello lo nombro ahora mismo presidente
de la Comisión de Fomento, con rango de secretario de Estado.
Puede ir mañana donde el Presidente, a tomar posesión del puesto
enseguida. A través de la Comisión, se pondrá en contacto con los
americanos, y me traerá las bases del acuerdo de financiamiento,
tan pronto las tenga.
Le extendió la mano. Lo despedía. Tutín y
República se pusieron de pie. Todos los otros, menos Trujillo, se
levantaron. El desenlace de la entrevista había pasado como un
relámpago.
—Excelencia —dijo Tutín asfixiado por la
emoción—. ¡No esperaba tanto!
—¡Bueno! ¡Para que usted vea que escucho los
buenos consejos! —dijo Trujillo, volviendo a la jovialidad de
antes, y mirando fijamente a Marisela, con fascinación de boa.
El perico ripiao inició otra tanda de música,
pero no bailaron. Los Tejera se habían ido, y no se volvió a
hablar del asunto. Todos lucían excitados. La manifestación del
poder los había embriagado. Siguieron conversando y tomando
tragos. Trujillo no parecía tener intenciones de retirarse.
Poco después de medianoche, Servando fue a
buscar al ayudante personal de Trujillo. Bamboleaba un poco por
los efectos del jumo, y hacía un esfuerzo enorme por mantener su
dignidad militar frente al otro.
—¡El Generalísimo Trujillo lo necesita!
El ayudante siguió al coronel Santos Mar hasta
la sala. En la mesa del centro había un reguero de botellas vacías
del brandy español. El coronel Publio Santamaría, en su sillón,
ladeaba la cabeza de un lado para el otro. Las señoras estaban con
los ojos brillosos, mirándose. La muchacha no. Sonreía, sentada en
el sofá, al lado del Generalísimo, que dormía, la cabeza recostada
en su hombro. El perico ripiao seguía tocando desaforadamente. Era
el final de una bacanal, donde todos se habían pegado una
borrachera que no tenía madre. El ayudante actuó sin
precipitación. Metódicamente. Levantó la cabeza de Trujillo, que
entreabrió los ojos y los volvió a cerrar. Tomó su cuerpo por los
hombros, y lo alzó en vilo. Servando trató de auxiliarlo, pero más
bien entorpecía la operación.
—¡Coronel Santos, señor! —pidió el ayudante—.
Llame a los otros dos oficiales de la escolta. ¡Por favor, señor!
Servando fue a buscar a los oficiales
indicados, y respiró fuertemente cuando vio a Trujillo dentro del
carro. Entró a la casa, despejado. Miró el cuadro que hacían
Publio y las mujeres. Olió el perfume de las rosas y claveles de
Tontón, regadas por toda la sala. Oyó la insistente música del
perico ripiao. Sintió la solidez del piso. Rió. ¡La noche había
sido un éxito! ¡Su hija no corría peligro, por ahora!
—¡Coronel Santos, señor! —La voz lo llamaba de
nuevo a la amistad. Era el ayudante personal de Trujillo.
—¡Diga, coronel!
—Por orden superior, la señorita Santos está
invitada a acompañar al Generalísimo Trujillo a su residencia, en
San Cristóbal! ¡Señor!
—¡Pero el Generalísimo Trujillo duerme!
—reclamó Servando, viendo que su mundo se hacía añicos, que su
plan caía destruido.
—Es una orden que dio antes de venir a la
fiesta, señor.
El ayudante se dirigió hacia donde estaba
Marisela, que lo oyó todo y vio el horror pintado en el rostro de
su papá. En ese momento supremo de comprensión, perdió la
inocencia.
—¡Coronel, con gusto acompañaré al Generalísimo
donde él disponga! —dijo, mientras suplicaba con los ojos a su
padre que no interfiriera. Un desliz en aquel momento podía
resultar fatal—. Permítame despedirme.
El ayudante juntó los zapatos, y taconeó,
mientras hacía una especie de reverencia a Marisela. Norma le
devolvió el abrazo, pero no efectivamente. Tontón respondió con un
manoteo cariñoso. Publio seguía ladeando la cabeza de un lado a
otro. Marisela pasó por delante de su padre. No quiso abrazarlo,
porque uno de los dos podía flaquear. Pero lo miró con mucho
cariño.
—¡Vuelvo pronto, papá! ¡No te preocupes!
Viéndola ir, Servando concentró su odio en el
ayudante. ¡El que creía que ese cabrón era amigo suyo! ¡Debió
dejar que lo jodieran! Pero él sabía que el ayudante personal no
era el responsable. Dirigió su inconformidad a otra parte. ¡En el
Ejército no había amigos, coño! ¡Sólo disciplina, órdenes, rango!
Pero el culpable tampoco era el Ejército. Miró a Publio, y se
entristeció. Su plan había fracasado, y se habían expuesto para
nada. El plan de Trujillo era el que había funcionado... Por
adelantado.
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